Wednesday, August 16, 2006

A clase...

Me mostró un delgado fajo de hojitas dobladas al medio y al abrirlos leí las preguntas, escritas con letra infantil, plagadas de esos errores de ortografía tan simpáticos como enternecedores.
Mi hermano cuenta que pasó parte del día en una escuela rural, enseñando a chiquitos de entre seis y once años, las nociones básicas acerca de la higiene bucal.
Volvió entre emocionado e indignado. La escuelita, bastante digna pero muy pobre, está a unos diez kilómetros de la capital del departamento donde él ejerce como dentista un par de días a la semana. Una de sus pacientes es maestra rural y conversando en una ocasión lo invitó a visitar la escuela y dar una charla.
La experiencia, como no podía ser de otra manera, lo sensibilizó. De hecho lo maravilló, y así nos lo expuso horas después, cuando nos juntamos para tomar el té.
Asombrado narró como fue recibido con un saludo de respeto absoluto cuando entró y sesenta vocecitas corearon “Buen día, Marcelo”.
Las preguntas y las observaciones lo desarmaron y más aun los cómplices consejos susurrados en voz baja que recibió de sus compañeros de mesa, durante el almuerzo, para algunos la única comida del día: “Los codos en la mesa nooooo”, “¿Te lavaste las manos?” o a la hora del postre, “Tenés que esperar a todos”.
Que realidades tan diversas, concluimos. A la nuestra, a la de otros chiquitos de esas mismas edades y sobre todo a la que uno esperaría o desearía para ellos, dados el lugar y tiempo en que vivimos.

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